Agujeros Negros se chocan todo el tiempo y ahora podemos escucharlo

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Hoy en día sabemos que los agujeros negros colisionan de vez en cuando, aunque obviamente no podemos verlo a simple vista. Sin embargo, gracias a una nueva técnica, ahora podemos escucharlo. Resulta que las ondas gravitacionales que dejan dos agujeros negros al colisionar (o también dos estrellas de neutrones), pueden traducirse en ondas de sonido.

Según los investigadores de LIGO, cada año hay miles de eventos de ondas gravitacionales, pero son demasiado vagos como para que los instrumentos puedan detectarlos con precisión. Son colisiones tan pequeñas o tan lejanas que se pierden en el total de información. Sin embargo, ahora han encontrado una forma con un algoritmo que distingue las colisiones al convertir los datos de las ondas gravitacionales en sonidos.

¿Podría conseguirse mucho más?

Según parece, en un futuro incluso podrían encontrarse rastros del Big Bang escondidos detrás de las ondas gravitacionales de los agujeros negros y estrellas de neutrones. Gracias a una supercomputadora en la Universidad de Swinburne se analizará una gran cantidad de información sobre ondas gravitacionales, destacando aquellas que provienen del choque de dos agujeros negros.

Las colisiones ocurren cada pocos minutos, es decir, son mucho más frecuente de lo que siempre pensamos. Desde el lanzamiento del instrumento LIGO hasta ahora se encontraron seis grandes eventos, aunque hay miles que se pierden por la poca intensidad. Con la información futura no solo se sabrá de la existencia de más agujeros negros, sino que se detectarán sus ondas incluso cuando están muy lejanos.

Agujeros negros se chocan todo el tiempo y ahora podemos escucharlo

Un agujero negro​ es una región finita del espacio en cuyo interior existe una concentración de masa lo suficientemente elevada como para generar un campo gravitatorio tal que ninguna partícula material, ni siquiera la luz, puede escapar de ella. Sin embargo, los agujeros negros pueden ser capaces de emitir radiación, lo cual fue conjeturado por Stephen Hawking en la década de 1970. La radiación emitida por agujeros negros como Cygnus X-1 no procede del propio agujero negro sino de su disco de acreción.​

La gravedad de un agujero negro, o «curvatura del espacio-tiempo», provoca una singularidad envuelta por una superficie cerrada, llamada horizonte de sucesos. Esto es previsto por las ecuaciones del campo de Einstein. El horizonte de sucesos separa la región del agujero negro del resto del universo y es la superficie límite del espacio a partir de la cual ninguna partícula puede salir, incluyendo los fotones. Dicha curvatura es estudiada por la relatividad general, la que predijo la existencia de los agujeros negros y fue su primer indicio. En la década de 1970, Stephen Hawking, Ellis y Penrose demostraron varios teoremas importantes sobre la ocurrencia y geometría de los agujeros negros.​ Previamente, en 1963, Roy Kerr había demostrado que en un espacio-tiempo de cuatro dimensiones todos los agujeros negros debían tener una geometría cuasiesférica determinada por tres parámetros: su masa M, su carga eléctrica total e y su momento angular L.

Se conjetura que en el centro de la mayoría de las galaxias, entre ellas la Vía Láctea, hay agujeros negros supermasivos.

El 11 de febrero de 2016, las colaboraciones LIGO, Interferómetro Virgo y GEO600 anunciaron la primera detección de ondas gravitacionales, producidas por la fusión de dos agujeros negros a unos 410 millones de pársecs, megapársecs o Mpc, es decir, a unos 1337 millones de años luz, mega-años luz o Mal de la Tierra.

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